El año 2025 consolidó una tendencia que durante la última década se había manifestado de forma intermitente: el agotamiento definitivo del orden liberal internacional surgido tras la Guerra Fría. Más que un colapso abrupto, lo que el mundo presenció fue una lenta pero sostenida mutación del sistema global hacia un escenario multipolar, fragmentado y regido por una lógica de poder desnudo. La cooperación multilateral cedió terreno frente al bilateralismo transaccional; la interdependencia económica dejó de ser garantía de estabilidad; y la guerra, en sus múltiples formas, volvió a ocupar un lugar central en la política internacional.
El retorno de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos actuó como acelerador de estas dinámicas. Desde los primeros meses del año, Washington abandonó cualquier pretensión de liderazgo consensual para adoptar una estrategia de realismo ofensivo, basada en la presión económica, la coerción diplomática y el repliegue selectivo de compromisos multilaterales. El llamado Liberation Day, el 2 de abril, marcó un punto de quiebre: la imposición de aranceles recíprocos a gran escala inauguró una fase de guerra comercial abierta que sacudió los mercados y reconfiguró las cadenas globales de valor.
La economía global en tiempos de confrontación
La economía política internacional fue uno de los principales escenarios de esta transformación. Estados Unidos elevó sus tarifas promedio a niveles no vistos desde la Gran Depresión, afectando tanto a competidores estratégicos como a aliados tradicionales. China respondió con aranceles aún más severos, sellando el fin de la idea de una interdependencia cooperativa entre ambas potencias. El crecimiento global se desaceleró hasta el 2,6 %, reflejando el impacto combinado del proteccionismo, la fragmentación comercial y la incertidumbre geopolítica.
Europa rozó el estancamiento, lastrada por el encarecimiento energético y la persistencia de la guerra en Ucrania. China logró sostener su crecimiento mediante estímulos internos y una apuesta decidida por la autosuficiencia tecnológica, mientras que la India emergió como la economía de mayor dinamismo entre las grandes potencias. América Latina y África se movieron entre oportunidades puntuales —como el nearshoring — y vulnerabilidades estructurales asociadas a la deuda y la volatilidad de los commodities.
En el plano tecnológico, la rivalidad entre Washington y Pekín se profundizó. La irrupción de modelos de inteligencia artificial desarrollados en China, pese a las restricciones occidentales en semiconductores, evidenció que la lógica de sanciones no había frenado la innovación, sino que había incentivado caminos alternativos. La tecnología dejó de ser un ámbito de competencia económica para convertirse abiertamente en un asunto de seguridad nacional.
Multilateralismo erosionado y cumbres sin consenso
Este contexto se reflejó en los principales foros internacionales. El Foro Económico Mundial de Davos, en enero, evidenció la dificultad de construir diagnósticos compartidos en un mundo atravesado por rivalidades estratégicas. Las ausencias de líderes clave, como Xi Jinping y Vladimir Putin, subrayaron la fragmentación del sistema. El G7 reafirmó su respaldo financiero a Ucrania, pero mostró fisuras internas frente a China y al rumbo de la política estadounidense.
El G20 celebrado en Johannesburgo, el primero en África, simbolizó el creciente peso del Sur Global, aunque también las limitaciones de un multilateralismo debilitado. Las demandas de reforma del FMI y el Banco Mundial convivieron con la incapacidad de consensuar respuestas efectivas frente al cambio climático o la desigualdad. Más que espacios de gobernanza, las cumbres de 2025 funcionaron como escenarios de disputa narrativa y exhibición de poder.
Europa entre la guerra y la autonomía forzada
Europa vivió una de sus mayores crisis estratégicas desde el fin de la Guerra Fría. La relación transatlántica se tensó cuando Estados Unidos condicionó su compromiso con la OTAN y exigió que el continente asumiera mayores responsabilidades en materia de defensa. La respuesta europea fue, a excepción de España, el anuncio de inversiones militares sin precedentes, marcando el inicio de una autonomía estratégica más impuesta que elegida.
En Ucrania, la guerra entró en una fase de estancamiento sangriento. Los intentos de Washington por forzar un alto al fuego permanente, que implicaba concesiones territoriales para Kiev, fracturaron la coordinación con Bruselas. La cumbre entre Trump y Putin en Alaska, en agosto, no trajo la paz, pero consolidó un congelamiento del conflicto que benefició a Moscú y dejó a Europa ante la perspectiva de una guerra prolongada en su frontera oriental.
El nuevo eje euroasiático
Poco después de esa cumbre, la visita de Putin a China marcó otro hito del año. En la reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái, en Tianjin, Rusia, China e India proyectaron la imagen de un eje de poder alternativo. La OCS, que reúne a países que representan cerca del 40 % de la población mundial, se presentó como un foro capaz de desafiar la arquitectura internacional dominada por Occidente.
El desfile militar en Pekín por el 80.º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial reforzó este mensaje simbólico. China se posicionó como el articulador central de este entramado, respaldada por Rusia y con una India que, aunque cautelosa, explora márgenes de cooperación sin romper sus vínculos con Estados Unidos. Más que una alianza monolítica, este eje refleja una convergencia táctica frente a la presión occidental.
Oriente Medio y el retorno de la guerra directa
Si Europa vivió una tensión prolongada, Oriente Medio atravesó una ruptura histórica. En junio, el enfrentamiento directo entre Israel e Irán puso fin a décadas de guerras indirectas. Los bombardeos sobre infraestructuras estratégicas elevaron el riesgo de una escalada regional, contenida apenas por un alto al fuego precario. Paralelamente, la crisis humanitaria en Gaza continuó profundizando el aislamiento diplomático de Israel y exacerbando las divisiones entre Occidente y el Sur Global.
África y el camino a la descolonialización
En 2025, África profundizó un giro decisivo hacia la afirmación de su soberanía política y económica. Más que un discurso, este proceso se tradujo en decisiones concretas que buscaron romper con viejas dependencias. El G20 de Johannesburgo fue un punto de inflexión: desde allí, Sudáfrica y otros países impulsaron con fuerza la reforma del FMI y el Banco Mundial, reclamando alivio de una deuda que asfixia el desarrollo y mayor capacidad de decisión global.
En paralelo, Estados como Nigeria y Etiopía avanzaron en la recuperación del control sobre recursos estratégicos como el litio y el cobalto, apostando por una industrialización propia y por el fortalecimiento del comercio regional a través de la Zona de Libre Comercio Continental Africana AfCFTA. En el plano político, los golpes de Estado en Mali y Mozambique reflejaron el hartazgo frente a tutelas externas fallidas. A ello se sumaron protestas juveniles en Angola y Madagascar, que exigieron que la riqueza extractiva se traduzca en educación, salud y oportunidades. Pese a conflictos persistentes, África cerró 2025 con una voz más firme y un renovado impulso panafricano.
Asia-Pacífico y las Américas
En Asia-Pacífico, el estrecho de Taiwán se mantuvo como uno de los principales puntos de fricción del sistema internacional, mientras Japón adoptó una postura más asertiva junto a Estados Unidos. En el sur de Asia, los incidentes entre India y Pakistán recordaron la fragilidad de la estabilidad regional. Al mismo tiempo, el sudeste asiático vio cómo las rivalidades locales, como la de Tailandia y Camboya (en disputa por el templo), resurgían, complicando la integración de la ASEAN. En las Américas, la polarización se intensificó: Estados Unidos endureció su política migratoria y comercial, mientras América Latina enfrentó crisis de gobernabilidad, ajustes económicos severos y una renovada presión geopolítica, especialmente en el Caribe.
En el entorno regional la victoria de José Antonio Kast en Chile ha acelerado un giro hacia la derecha en Latinoamérica, consolidando un bloque conservador que redefine la región ante desafíos económicos y migratorios. Kast, con su agenda de mano dura contra la delincuencia, reducción del Estado y alianzas con EE.UU. bajo Trump, derrotó al oficialismo izquierdista, marcando el fin del ciclo progresista iniciado con Boric y reflejando el rechazo popular a la inseguridad y la inflación persistente. Este triunfo se suma a los de Javier Milei en Argentina, el conservadurismo en Perú, y avances derechistas en Ecuador y Colombia, contrarrestando gobiernos de izquierda en Brasil (Lula), México (Sheinbaum) y Bolivia. Políticamente, fortalece coaliciones pro-mercado en la alianza del Pacífico aunque probablemente termine frenando agendas sociales.
La relación entre Estados Unidos y Venezuela alcanzó niveles prebélicos. La designación del gobierno de Nicolás Maduro como parte de una organización terrorista y los incidentes navales en el Caribe, con despliegue de submarinos y tropas, llevaron la tensión a un máximo histórico, militarizando la región como no se veía desde la Guerra Fría. En el presente se especula sobre alguna salida negociada, aunque el régimen aún no ha demostrado símbolos de mayor debilidad. Sin duda los primeros meses del 2026 serán cruciales para lo que pase en el palacio de Miraflores.
Un mundo sin árbitro
El 2025 concluye con un sistema internacional claramente desconcentrado. Las instituciones multilaterales siguen existiendo, pero han perdido capacidad de regulación efectiva. Las grandes potencias privilegian la disuasión, la coerción económica y los acuerdos bilaterales frágiles. El Sur Global busca espacios propios de articulación, mientras las sociedades expresan su descontento a través de protestas generacionales que atraviesan fronteras.
Más que un año de resolución, 2025 fue un año de confirmación. Confirmó que el orden internacional ya no se rige por reglas compartidas, sino por equilibrios inestables de poder. Si bien la incertidumbre dejó de ser una anomalía para convertirse en el rasgo estructural de la política global contemporánea, es necesario persistir en los esfuerzos por respetar el derecho internacional y las vías diplomáticas para evitar las consecuencias nefastas de la guerra.
Nos encontramos ante un mundo más áspero, pero no condenado. Mirar al 2026 exige lucidez, no resignación. Es necesario recuperar la política como espacio de acuerdos y transformación de realidades, pero sobre todo volverla más humana.
Paz a los pueblos del mundo. Felices Fiestas.
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(*) Politólogo | santacruzcarranza@gmail.com
respuesta de Manuel el 2019-10-20.
en un actual sistema corrupto, cuando ODECMA diga "no hay lugar a su queja" no se den por vencidos, la mayorÃa de veces blindan. Que Zapata López haya pasado de Pte de corte a jefe ODECMA, ya huele mal. Los honestos dentro del PJ esperan una Junta Nacional de Justicia que elimine a Los cuellos blancos de Chiclayo. En el tiempo han contratado a familiares y amigos, dentro del PJ , pagandose favores contratándoselos en otros lugares, si preguntan a un grupo sw secretarias y auxiliares como entraron a trabajar, tendrán la respuesta. Parece que la Jueza que mencionan Rojas Senmache y otras aprendieron de su mentor Ponte Durango quien realmente denigró a la institución.
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