El Perú tiene hoy 25,7 % de pobreza monetaria, pero sigue siendo más pobre que antes de la pandemia. Mientras tanto, la primera vuelta del 13 de abril de 2026 convirtió a Juntos por el Perú en el portavoz de una ira que el crecimiento no alcanza a calmar. Hirschman lo explicó hace décadas, donde no importa solo si uno avanza, sino si el carril de al lado avanza más rápido.
Albert Hirschman desarrolla en uno de sus ensayos la metáfora de la carretera de dos carriles. Si estamos en un atasco y de pronto el otro carril se libera, la reacción inicial es de alivio, quienes están en el carril lento pueden pensar que pronto les tocará a ellos. Pero, pasado un tiempo, el hecho de que el otro carril avance más rápido empieza a generar frustración, incluso si uno mismo también está avanzando. La tolerancia a la desigualdad, sostenía Hirschman, no es infinita, ya que tiene fecha de vencimiento.
El Perú de 2026 vive exactamente esa escena, la pobreza monetaria afectó al 25,7 % de la población, equivalente a 8 millones 828 mil personas. La cifra bajó 1,9 puntos porcentuales respecto a 2024, y 567 mil peruanos dejaron la condición de pobres en solo un año. Pero al compararlas con 2019, el panorama cambia radicalmente, dado que el país tiene hoy 5,5 puntos porcentuales más de pobreza que antes de la pandemia, lo que equivale a 2 millones 337 mil personas pobres adicionales y casi la tercera parte de la población peruana tiende a ser vulnerable.
Por otro lado, entre 2023 y 2026 los términos de intercambio del Perú subieron 12,5 % anual, con el oro y la plata en máximos históricos desde 1948, y sin embargo la inversión privada apenas creció 3 % y el producto bruto interno no pasó del 2,5 % en promedio. En el período 2003-2013, con términos de intercambio mucho más bajos, el país crecía al 6,2 % anual. La diferencia no es de recursos; sino es de gestión pública y de institucionalidad.
Si bien el gobierno entrante en julio de 2026 recibirá una economía con fundamentos aún sólidos pero frágiles: el sol estable, inflación por encima del rango meta, reservas internacionales de aproximadamente 100.000 millones de dólares y un déficit fiscal que, aunque todavía manejable, enfrenta presiones crecientes por leyes de gasto aprobadas por el Congreso. La herencia macroeconómica es manejable, pero la herencia social, no tanto.
Siendo el crimen organizado considerado un problema económico, no solo de seguridad ciudadana: extorsiones, sicariato y presencia territorial de bandas criminales están inhibiendo decisiones de inversión en varias regiones. Y mientras la informalidad ronde el 60-70 % de la fuerza laboral, cualquier promesa de reducción rápida de la pobreza sin crecimiento sostenido del sector moderno es retórica.
El voto rural
En las elecciones generales del 12 de abril de 2026, Juntos por el Perú y su candidato Roberto Sánchez obtuvieron el segundo lugar de la primera vuelta, apenas por encima de Rafael López Aliaga, con una diferencia inferior a 16.000 votos. Un resultado que habría sido impensable en cualquier ciclo electoral anterior a la pandemia.
Su fuerza se concentró en el sur y el centro del país, en los territorios que más sufrieron la pandemia y que más tardan en recuperarse. Su debilidad fue Lima, donde realizó apenas dos visitas durante toda la campaña. Pero la pregunta no es solo quién votó por Juntos por el Perú, sino por qué su propuesta incluye una asamblea constituyente, la renegociación de contratos como el de Camisea y una crítica sistemática al modelo económico vigente.
Bajo la metáfora de Hirschman en el carril de la continuidad económica representado por Fujimori, los inversores privados esperan señales de estabilidad para reactivar las inversiones paralizadas; el Banco Central de Reserva, con la estabilidad macroeconómicas y las reservas internacionales netas, seguiría siendo el escudo cambiario. En el carril del cambio representado por Sánchez, las promesas redistributivas y la asamblea constituyente generan incertidumbre sobre los contratos ley, la autonomía del BCR y el modelo de apertura comercial.
Las brechas
Un peruano que gana hoy 20 % más que hace cinco años, pero que ve a su vecino ganar 60 % más, no se siente agraciado, dado que se siente estafado. Esa brecha entre expectativa y realidad no entre pobreza y riqueza en abstracto es el combustible del voto de protesta.
El próximo gobierno, sea cual sea, recibirá una economía con motores encendidos, pero con demasiados pasajeros que no sienten el movimiento. Pero lo que si respalda la evidencia científica es que sin crecimiento económico sostenido no hay reducción de pobreza ni mejora en el IDH. Pero el crecimiento que no llega a todos no solo falla en sus objetivos sociales: también produce el combustible para que candidatos que prometen quemar el tablero lleguen a la segunda vuelta con dos millones de votos.
La lección de Hirschman no es pesimista sino es estratégica. Si el carril lento observa durante demasiado tiempo que el carril rápido acelera sin compartir la vía, el resultado no es paciencia. Es congestionamiento y en el Perú del 2026, la bocina ya está sonando
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(*) Magíster en Ciencias con mención en Proyectos de Inversión Pública, economista e investigador Renacyt. Especialista en Inversión Pública del Centro Nacional de Planeamiento Estratégico.
(**) Economista de Esan, egresada de la Maestría en Inteligencia Estratégica.
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