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UNA AGENDA IMPOSTERGABLE PARA UN PAÍS AL LÍMITE

Escrito Rosa Chambergo Montejo
Edición N° 1442

El Perú llega, una vez más, a una encrucijada histórica. No se trata únicamente de elegir un nuevo gobierno, sino de decidir si seguimos administrando la crisis o, finalmente, empezamos a resolverla. En pocos años, hemos tenido ocho presidentes. Ocho intentos fallidos de conducción política que han dejado un país fragmentado, con obras paralizadas, instituciones debilitadas y una ciudadanía cada vez más desconfiada.

La agenda del próximo gobierno no admite improvisaciones ni discursos vacíos. El primer gran desafío es la inseguridad ciudadana, que ha dejado de ser una percepción para convertirse en una realidad cotidiana. El crimen organizado, el sicariato y la extorsión avanzan más rápido que el Estado. Recuperar el control territorial exige inteligencia policial, articulación con el sistema judicial y, sobre todo, decisión política.

A ello se suma la corrupción, ese cáncer estructural que drena recursos y destruye la confianza. No bastan las promesas de lucha frontal; se requiere una reforma profunda del sistema de justicia, transparencia en la gestión pública y sanciones efectivas. Mientras la impunidad siga siendo la norma, cualquier esfuerzo será insuficiente.

El equilibrio fiscal es otro pilar clave. El país no puede seguir gastando sin rumbo ni planificación. Se necesita responsabilidad, pero también eficiencia: invertir mejor, destrabar proyectos y priorizar aquello que impacte directamente en la calidad de vida de los ciudadanos.

En ese contexto, urge una reestructuración de EsSalud y del sistema de salud en general. Hospitales colapsados, falta de especialistas y largas esperas son parte de una crisis que se arrastra desde hace décadas. Lo mismo ocurre en educación, donde la brecha de calidad sigue condenando a millones de jóvenes a un futuro limitado.

El Perú tampoco puede avanzar con miles de obras paralizadas ni con una infraestructura vial deficiente que encarece la producción y aísla regiones enteras. Reactivar estos proyectos no es solo una cuestión económica, sino una necesidad social urgente.

En el ámbito productivo, la agricultura enfrenta abandono, falta de tecnificación y escaso acceso a mercados. Mientras tanto, la pobreza vuelve a crecer, recordándonos que el progreso alcanzado en años anteriores no era tan sólido como creíamos.

Pero más allá de la lista de problemas, el verdadero reto es cambiar la lógica con la que se gobierna. No se trata de empezar de cero cada cinco años ni de desmontar lo avanzado por el anterior. El Perú necesita continuidad en las políticas públicas, visión de largo plazo y acuerdos mínimos que trasciendan intereses partidarios.

Aquí es donde el rol ciudadano cobra una importancia decisiva. No podemos seguir siendo espectadores pasivos de nuestra propia historia. El próximo proceso electoral del 12 de noviembre no es un trámite más: es una oportunidad para ejercer un voto informado, responsable y consciente. Elegir mal ya no es una opción sin consecuencias; es, en muchos casos, condenar al país a retroceder.

La responsabilidad no termina en las urnas. Implica vigilancia, participación y exigencia permanente a las autoridades. Un país no cambia solo con gobiernos; cambia cuando su gente decide no tolerar más la mediocridad ni la corrupción.

El Perú tiene todo para salir adelante: recursos, talento y una historia que demuestra resiliencia. Lo que ha faltado es dirección, coherencia y compromiso colectivo. El próximo gobierno tendrá la obligación de enfrentar una agenda compleja y urgente. Pero el verdadero cambio dependerá de todos.

Porque la pregunta ya no es qué país queremos, sino si estamos dispuestos a construirlo.

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