A un año del inicio del pontificado de Papa León XIV, el balance trasciende cualquier evaluación superficial. No estamos ante un liderazgo que busque protagonismo, sino frente a una voz moral que intenta abrirse paso en medio del ruido, la polarización y la crisis de valores que atraviesa el mundo.
Tomo una estrofa de su mensaje que el 15 de este mes pronunció en el marco de su tercer Viaje Apostólico a África. En su primer discurso en Camerún, ante las autoridades, los representantes de la sociedad civil y el cuerpo diplomático, el papa León XIV recordó los desafíos que aun afectan al país e hizo un nuevo llamamiento en favor de la paz. «El mundo tiene sed de paz […]. ¡Basta ya de guerras, con sus dolorosos cúmulos de muertos, destrucciones y exiliados!».
León XIV ha colocado en el centro del debate aquello que muchos prefieren ignorar: la paz como una urgencia impostergable. En tiempos donde la violencia se expresa no solo en guerras, sino también en el lenguaje, en la política y en la vida cotidiana, su llamado a “desarmar la tierra” adquiere una dimensión profundamente transformadora. No se trata solo de reducir arsenales, sino de desmontar odios, intereses mezquinos y discursos que dividen.
Pero su mensaje no se queda en lo simbólico. Ha insistido en combatir la hambruna que aún golpea a millones de personas, en fortalecer la educación como herramienta de libertad, y en proteger a los sectores más vulnerables: niños, jóvenes y ancianos. En un mundo que muchas veces margina a los más débiles, el papa recuerda que el verdadero progreso se mide por la dignidad con la que se trata a cada ser humano.
Especial atención merece su exhortación a la prensa. “Desarmemos las palabras”, ha dicho, en una época donde la desinformación se propaga con rapidez y la verdad se diluye entre intereses y agendas. Es un llamado directo a la responsabilidad de quienes comunican, pero también a una ciudadanía que debe aprender a discernir. Porque cuando las palabras se convierten en armas, el daño social es profundo y duradero.
Desde Chiclayo, este pontificado tiene un significado especial. Nuestra ciudad ha sido proyectada al mundo, no solo como referencia geográfica, sino como símbolo de identidad, fe y oportunidad. El turismo religioso crece, la mirada internacional se posa sobre nosotros, pero con ello también aumenta nuestra responsabilidad. No basta con el orgullo; se requiere gestión, visión y compromiso para estar a la altura de ese reconocimiento.
“Y si me permiten también, un saludo a todos aquellos y en modo particular a mi querida diócesis de Chiclayo en Perú, donde un pueblo fiel acompañó a su obispo a compartir su fe y ha dado tanto, tanto para ser iglesia fiel de Jesucristo”, dijo el 8 de mayo del 2025 cuando fue elegido papa.
León XIV, como pastor de la iglesia en Lambayeque, nunca dejó de abordar los temas coyunturales, de hablar sobre la necesidad del orden, la limpieza, la honestidad y a transparencia en las cosas públicas.
El Perú, inmerso en sus propias turbulencias políticas y sociales, encuentra en León XIV un mensaje que no confronta, pero sí incomoda. Nos interpela como sociedad: ¿qué estamos haciendo para construir un país más justo?, ¿cómo enfrentamos la corrupción, la desigualdad y la indiferencia? Su voz no ofrece soluciones inmediatas, pero sí un camino ético que no deberíamos ignorar.
En un escenario global donde predominan la descalificación y la falta de respeto, el papa responde con firmeza serena. No entra en provocaciones ni en disputas estériles. Su liderazgo radica precisamente en eso: en no perder de vista lo esencial, en recordar que la dignidad humana está por encima de cualquier poder o interés.
A un año de su pontificado, León XIV no necesita aplausos vacíos. Necesita coherencia en quienes escuchan su mensaje. Necesita ciudadanos capaces de transformar la palabra en acción, la fe en compromiso y la esperanza en cambio real.
Porque si algo ha dejado claro en este primer año, es que el mundo no cambiará solo desde los grandes escenarios. Cambiará cuando cada uno de nosotros decida, como él propone, desarmar las palabras… y empezar, por fin, a reconstruir la humanidad.
En nuestro querido Lambayeque nos preparamos para su llegada, el entusiasmo, es muy alto, la comunidad católica ha empezado a organizarse para darle la bienvenida y todos estamos llamados a seguir sus mensajes, reflexiones a orar por su vida, salud y porque sus deseos de paz y desarme, unidad y diálogo, migración y pobreza, bien común y familia, coherencia para católicos, el de no politizar la fe, como seguidor de Cristo se hagan realidad.