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COMUNIDADES ALTOANDINAS DE LAMBAYEQUE: Entre el olvido político y las promesas de campaña

Escribe: José Carlos Sánchez Manayay (*)
Edición N° 1441

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Mientras el debate electoral se concentra en las ciudades y en la franja costera de la región, la sierra lambayecana continúa fuera de las prioridades políticas. En las comunidades altoandinas de Lambayeque, donde se preservan tradiciones, lenguas y formas de organización que han perdurado por generaciones, el silencio del Estado se percibe con la misma intensidad que el abandono en el acceso a servicios básicos.

Sin embargo, estos territorios no solo representan una reserva cultural de la región. En sus alturas nacen las aguas que alimentan los ríos y valles agrícolas de la costa, sosteniendo una parte fundamental de la economía regional. A pesar de ello, estas comunidades siguen prácticamente ausentes de los planes de gobierno y de la agenda de quienes buscan llegar al poder en las próximas elecciones.

Comunidades que sostienen la sierra lambayecana

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), en Lambayeque existen 29 comunidades campesinas reconocidas, de las cuales diez se ubican en las zonas altoandinas de los distritos de Incahuasi, Cañaris y Salas. Entre ellas Micaela Bastidas de Moyán, San Pablo de Inkawasi, San Martín de Porres de Atumpampa, San Isidro Labrador de Marayhuaca y José Carlos Mariátegui de Kongacha, en Incahuasi; San Juan de Cañaris y Túpac Amaru II de Cañaris, en Cañaris; y San Mateo de Penachí y San Francisco de Asís, en Salas.

Estos territorios conservan una importante diversidad cultural y ambiental. En la mayoría de estas comunidades, el quechua continúa siendo la lengua predominante, reflejo de una identidad cultural profundamente arraigada en la vida cotidiana, en las formas de organización comunal y en la relación con el territorio. Sin embargo, el reconocimiento institucional hacia estas comunidades y su patrimonio cultural aún es limitado.

Brechas persistentes

A pesar de las potencialidades que poseen estos territorios, las comunidades enfrentan problemas estructurales que se arrastran desde hace décadas. Entre los principales desafíos se encuentran el acceso limitado a servicios básicos, las vías de comunicación en malas condiciones y la falta de oportunidades económicas sostenibles.

Si bien en algunos casos se han implementado proyectos productivos orientados a fortalecer la agricultura o promover actividades económicas locales, diversos actores locales coinciden en que estos esfuerzos aún resultan insuficientes.

Uno de los aspectos que requiere mayor atención es el fortalecimiento del liderazgo comunitario, así como la generación de capacidades que permitan a las propias comunidades impulsar procesos de desarrollo local y defender sus recursos naturales frente a posibles amenazas.

Una agenda pendiente en la representación política

Para muchos pobladores de estas zonas, el problema no es solo la falta de inversión pública, sino también la escasa representación política que han tenido durante años. Las comunidades altoandinas suelen convertirse en territorios olvidados o visitados únicamente durante las campañas electorales, cuando candidatos y autoridades llegan con promesas que pocas veces se traducen en acciones concretas.

En Lambayeque, la región cuenta actualmente con cinco congresistas, pero desde las comunidades se percibe que no se han promovido iniciativas legislativas significativas orientadas específicamente al desarrollo de estas localidades.

Más allá de algunas visitas esporádicas o actividades públicas, muchos pobladores cuestionan que la presencia de algunos legisladores se haya limitado a gestos simbólicos, actos de carácter populista o apariciones para la fotografía, sin que ello se traduzca en un trabajo sostenido orientado a impulsar cambios estructurales en favor de la sierra lambayecana. Para las comunidades, la preocupación no radica únicamente en la ausencia de autoridades, sino en la falta de políticas concretas y de un compromiso real que atienda las necesidades históricas de estos territorios.

Diversos actores locales coinciden en que las comunidades necesitan representantes comprometidos con su realidad, capaces de impulsar políticas que atiendan sus principales demandas. No se trata únicamente de visitas proselitistas en tiempos de campaña, sino de un trabajo más cercano, permanente y basado en escuchar a la población.

Más allá de las promesas

A medida que se acercan las elecciones del 12 de abril, las comunidades altoandinas esperan que el debate político vaya más allá de las promesas y que sus necesidades, así como su aporte al desarrollo regional, sean considerados de manera concreta en las políticas públicas. Para quienes habitan estos territorios, el proceso electoral no debería ser únicamente un momento de discursos y visitas fugaces, sino una oportunidad para que la agenda nacional y regional reconozca de manera real las demandas históricas de la sierra lambayecana.

Las elecciones representan una oportunidad para reflexionar sobre la importancia de elegir autoridades capaces de mirar más allá de los centros urbanos y reconocer el valor estratégico de las zonas altoandinas. El futuro de Lambayeque no solo se juega en las ciudades o en la costa, sino también en las comunidades que, desde las alturas, resguardan el agua, la cultura y los recursos que sostienen la vida en la región.

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(*) Politólogo.

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