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EL MOCHICA ETERNO: NICOL√ĀS SECL√ČN SAMP√ČN

Escribe: Semanario Expresión
Edición N° 1126

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Durante 60 años, Nicolás Seclén Sampén le cantó a sus orígenes. El característico timbre con el que ejecutó marineras, tonderos, serranitas y valses hizo de su grupo, Los Mochicas, un símbolo del folclore lambayecano, ese que paseó por el mundo ataviado con su característico poncho monsefuano y su pañuelo rojo al cuello.

“Mi padre forjó una cultura musical que impuso en Lima. Él escogió a Lima como el sitio en el que Los Mochicas se lanzaron a nivel nacional e internacional. Él llegó desde Chiclayo para imponer un estilo diferente y difundir la marinera norteña, el tondero, el golpe tierra, la serranita”, rememora Segundo Nicolás Seclén Santisteban, el mayor de los hijos de afamado cantautor.

Nicolás Seclén recreó en sus composiciones a los personajes de Lambayeque y su entorno. “Expone todo el bagaje que él vio en persona, cuando se celebraban las fiestas allá en el monte, en la chacra, en Larán, donde había arpa, pianito y se reventaban cohetes cuando alguien llegaba. Él tenía un contenido muy distinto al que en la década del 70 mostraba la música criolla. Su diferencia fue la que le hizo ganar un espacio”, refiere su hijo.

Así fue como incluyó a “La Perleche”, “La Cabrera”, al compadre Cólera (que tocaba un pianito en el barrio de El Porvenir) o al “Cholo Cadenas”, personajes a los que al ritmo de marinera paseó por Estados Unidos y Europa.

“Él salta de Chiclayo a Lima y de Lima a Estados Unidos, donde radicaba mi hermano quien posibilitó que se le abriera un espacio en la colonia de peruanos residentes en Nueva York y Nueva Jersey. Luego llegó a España, donde yo ya estaba viviendo, justo cuando se celebraba el quinto centenario del descubrimiento de América. Allí se presentó en La Cartuja de Sevilla representando al Perú en 1992”, destaca.

De todos los temas escritos por Seclén Sampén el de mayor resonancia es hasta hoy “El Guayacán”, escrito en honor a la Santísima Cruz de Motupe, a la que desde niño le tuvo infinita fe, la misma que inculcó a sus hijos.

“Mi padre viendo la enorme fe de Lambayeque compuso El Guayacán. Su fe era tan grande que a nosotros desde pequeños nos ha llevado a ver a la cruz, cuando ni siquiera había gradas y era pura tierra. Esa fe se la inculcaron sus padres y así. La Cruz de Motupe siempre estuvo al centro de sus creencias”, afirma.

Nicolás Seclén no tuvo formación musical, por lo que su estilo al interpretar y componer puede entenderse como nato.

“Él nos contaba que siendo pequeño, en el campo, tenía la labor de ser pajarero. El pajarero era un niño al que le ponían un chante en el cuello del que colgaba una lata, la que tenía que golpear para espantar a los pájaros que querían comerse los granos de arroz o de maíz. Ahí desarrolló su voz, gritando como pajarero. Mucha gente decía que tenía voz de diablo. Era muy alta, muy potente. A mí me parece imposible que pueda aparecer alguien con ese mismo timbre”, refiere.

Seclén Sampén falleció en febrero del 2017. En el 2015 el Ministerio de Cultura lo reconoció como “Personalidad Meritoria de la Cultura”.

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