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Edición Nº 484, Chiclayo, del 15 al 21 de setiembre 2006

Palabra por Palabra

Por: Lic. Larcery Díaz Suárez
PALABRA X PALABRA:
La última vez que me estremecí, el 27 de agosto pasado, al desfilar con mis compañeros de promoción del Colegio Nacional Karl Weiss, creí nunca más volver a tener semejantes sensaciones. Al pasar por las tribunas, el aplauso del público me motivó –con justa razón- emociones sin par. Se me escarapeló el cuerpo y lagrimeé.
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Otro estremecimiento similar, pero esta vez encontrado, mezclado con indignación e impotencia, me cubrió la mañana del jueves 7 de este mes, frente al dantesco espectáculo del Palacio Municipal de Chiclayo. Otra conmoción me volvió a recorrer. Y también, como a muchos chiclayanos, el brillo de mis ojos reflejó los sentimientos que me embargaban.
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Y es que, como dije en un artículo de la edición anterior, allí, en ese Palacio Municipal de Chiclayo, también transcurrió una pequeña parte de mi vida. Allí, niño, jugué en sus instalaciones de la parte alta y baja. Allí, adulto, ya profesional, fui en muchas oportunidades, en su salón de actos, el orador principal de ceremonias especiales.
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Allí, en algún momento, juré como decano del Colegio de Periodistas del Perú, filial Lambayeque, cuyo local ayudé a comprar y a cuya marcha institucional y deontológica -hoy venidas a menos-, defendí con energía. Me da mucha pena que la Municipalidad y el Colegio a la vez, sigan sangrando una herida que le han dejado algunos de quienes las dirigieron y dirigen.
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Allí, en el salón de actos, en 1986, pronuncié un discurso por el 151º aniversario de la provincia de Chiclayo. Cómo debía hablar sobre nuestra capital, muchos creyeron que sólo ensalzaría a sus autoridades e instituciones. Lo hice. Pero también dije lo que pasaba en la ciudad que me ha visto crecer y desarrollarme. Chiclayo, entonces, era un verdadero caos. Y, poetizando y no, puse el dedo en la llaga. Literariamente reflexioné en voz alta sobre lo que se podía hacer por Chiclayo.
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Recuerdo que busqué versos de un poeta que estuviera tremendamente arraigado a esta tierra, que le hubiera cantado y hecho vivir a ella en su ser; en fin, de un poeta chiclayano que encarnara la insurgencia de la patria chica. Los encontré escritos por Juan José Lora. Eran para la ocasión y, creo, seguirán siendo retratos de la sociedad de su tiempo y del nuestro. Y por eso los incluí en mi discurso.
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“…Oh, Madre Catedral, oh, madre. Chiclayo sufre, pena, crece y sueña/ al pie de ti./ Chiclayo cobra, paga, vive y muere, al pie de ti./ Mi pueblo ama/ al pie de ti./ Chiclayo roba, mata, olvida, juzga/ al pie de ti./ Mi pueblo vende, regatea, hace sus cosas/ al pie de ti./ Chiclayo afirma, niega, fuga y aparece/ al pie de ti./ Mi pueblo sabe, ignora, calla y reza/ al pie de ti./ Chiclayo canta y llora/ al pie de ti…”.
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Son versos de un poeta que le canta a la ciudad y a su gente, a la catedral y a la cárcel, al hospital y a la plaza, a la calle y la campiña, a su fauna y su flora, a sus duelos y alegrías; a la enfermedad, la nostalgia y tristeza, a la chispa chiclayana; un poeta sentimental, defensor de los pobres y sufridos; alguien que cantó a Chiclayo con el alma de un artista: “Cruz de la tierra en mi pecho/ flor que retorna a su tallo/ derecho, rayo, ¡derecho!/ Chiclayo, ¡siempre Chiclayo!
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Si pudiera sentir, me pregunto qué sentirá nuestra Madre Catedral, tras ver derrumbado el Palacio Municipal, uno de sus gloriosos hijos a su costado; qué dolor sentirán ahora los chiclayanos, en especial los que alguna vez, como el que esto palabrea, le escribimos, cantamos o recitamos a Chiclayo. Aparte de lo que hemos dicho los periodistas, qué versos escribirán los poetas, que pintarán los artistas del pincel, qué inspirará a los compositores.
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Porque hay estremecimientos que duran, que no son simples sacudidas de paso. Son, como éstas, conmociones profundas, que impregnan el alma y que resucitan de cuando en vez para hacernos verter una lágrima cargada de añoranzas, de pasiones muchas veces encontradas, que quizá nunca encuentren respuestas a las decenas de porqués.
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Ahora que hay varios detenidos en la cárcel y otros que deberían estarlo, esperemos que conforme pasa el tiempo y se busca a los verdaderos responsables de esta tragedia, no se nos enfríe esta pasión por Chiclayo y nos convirtamos en fantasmas de nuestra ciudad real. No volvamos a repetir los versos del inmortal Juan José Lora: “¿Cómo era el triste caminando alegre?/ Lo juro, madre, yo no sé cómo era,/ pero lo siento como si lo viera:/ era un fantasma de bendita cera”.

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larcery@hotmail.com
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