Cuando se conocieron las visitas clandestinas del presidente José Jerí a los empresarios chinos y la manera en la que llegó cubierto con una capucha, así como las respuestas poco creíbles que dio a la prensa para justificarse, la reconocida historiadora Carmen McEvoy, referente en el estudio de la vida república, hizo un llamado público al primer ministro para que control al que consideró “un adolescente de 38 años”. El control nunca llegó y Jerí terminó apartado del cargo de presidente por propias acciones.
En enero pasado, la historiadora advirtió que una persona que se movía por instinto, como Jerí, no era garantía para ejercer el gobierno y por eso era necesario que el jefe del gabinete ministerial, Ernesto Álvarez, ponga orden al ser la persona madura y experimentada del Ejecutivo.
“Que el gabinete, que los adultos, que los que realmente quieren servir al Perú controlen a este adolescente, a este Peter Pan de 38 años", instó, pero no hubo resultados.
A las pocas semanas los escándalos presidenciales fueron en escala. Ya no solo fueron las visitas a los empresarios chinos, se sumó la visita de un empresario chino a Palacio de Gobierno pese a tener mandato de arresto domiciliario y luego las visitas nocturnas de mujeres a la casa presidencial, visitan que se prolongaban hasta el amanecer y terminaban con un contrato exprés para laborar en el Estado.
El ascenso
El poder, en el Perú, suele ser un ascensor sin barandas. José Jerí lo tomó sin haber ganado una elección directa, sin haber encabezado una campaña multitudinaria, sin haber sentido el vértigo de la plaza pública. Su ingreso al Congreso en 2021 fue consecuencia de un efecto dominó político: no alcanzó los votos necesarios, pero la inhabilitación del expresidente Martín Vizcarra le abrió la puerta. Así, casi en silencio, ocupó una curul que no había sido conquistada en las urnas.
Cuatro años después, en julio de 2025, ese abogado de 38 años, militante de Somos Perú, fue elegido presidente del Congreso. Era el rostro joven de una clase política desacreditada. Y cuando el país aún digería el relevo parlamentario, el destino —o la fragilidad institucional— lo empujó más arriba: Dina Boluarte fue destituida en medio de una crisis de inseguridad y descrédito, y la ausencia de un segundo vicepresidente en la fórmula original de Perú Libre dejó el camino limpio. Jerí juró como presidente de la república. Uno de los más jóvenes en la historia reciente.
El vértigo de Palacio
El traslado de la Mesa Directiva a Palacio de Gobierno fue más rápido que la consolidación de su liderazgo. Jerí demoró más de lo esperado en anunciar a su gabinete, mientras arrastraba una denuncia por presunto abuso sexual presentada a fines de 2024. La sombra no desapareció con la banda presidencial; lo acompañó desde el primer día.
Su antecesora había sido vacada con una popularidad que no superaba el 3 %. La promesa implícita era recuperar la autoridad y enfrentar la ola de criminalidad que desbordaba las calles. En ese clima de zozobra, Jerí buscó marcar distancia. Declaró en emergencia Lima y Callao y, con gesto adusto, leyó su primer mensaje a la nación: el país pasaría “de la defensiva a la ofensiva” frente al crimen.
Durante las primeras semanas, la apuesta parecía funcionar. Las encuestas le otorgaron 58 % de aprobación, el registro más alto en cinco años. La juventud y la energía proyectaban una imagen de renovación. Pero el entusiasmo fue tan fugaz como su ascenso.
El 18 de enero, a las dos de la madrugada, el país recibió una señal desconcertante. Las cuentas oficiales de la Presidencia difundieron un video de poco más de cuatro minutos. No hubo cadena nacional ni ministros flanqueándolo. Jerí habló desde su despacho mientras buena parte del Perú dormía. No anunció nuevas medidas contra la delincuencia. Se defendió.
El tema no era menor: sus encuentros con empresarios chinos habían saltado a la agenda pública. El video nocturno buscaba apagar un incendio que ya había tomado cuerpo.
Las sombras del restaurante chino
El origen de la tormenta se remonta al 26 de diciembre. Un video mostró al presidente ingresando con capucha y lentes oscuros a un restaurante de comida china. La reunión era con Zhihua Yang, empresario con amplia red de negocios en el país. No era un saludo protocolar ni una cita oficial. Era una visita discreta, lejos de la formalidad de Palacio.
Los dominicales revelaron que no se trataba de un encuentro aislado. La imagen de un mandatario que hablaba de orden y transparencia contrastaba con esas escenas furtivas. Jerí respondió con una defensa que apelaba a su estilo personal.
“Me prometí que iba a gobernar sobre la base de mi forma de ser. Soy un presidente que camina, que rompe protocolos, un presidente de acción que sale a comer con lentes o sin lentes, con gorra o sin gorra”, declaró.
Pero la explicación no calmó las dudas. Las supuestas coordinaciones por el Día de la Amistad entre Perú y China se diluyeron. Se conoció que Jerí mantenía vínculos estrechos con empresarios chinos desde su etapa como congresista. Uno de ellos, Ji Wu Xiaodong, visitó Palacio pese a estar bajo arresto domiciliario y ser señalado como actor clave en una red de madereros ilegales.
La percepción pública comenzó a erosionarse. De 58 % de aprobación cayó a 30% en febrero, según Ipsos. Otras encuestadoras, como Imasen, lo situaron en 24 %. El capital político acumulado en semanas se evaporó en cuestión de días.
Seguridad sin resultados
Mientras las revelaciones golpeaban la investidura, los indicadores de seguridad no ofrecían alivio. El 2025 cerró con el promedio de homicidios más alto desde 2017: 5,55 asesinatos diarios. De los 2.213 homicidios registrados ese año, 444 ocurrieron durante la gestión de Jerí.
Su discurso de mano dura no logró traducirse en resultados. Las requisas en penales, ampliamente difundidas y comparadas con el estilo del presidente salvadoreño Nayib Bukele, perdieron efecto mediático. La demora de más de dos meses en presentar el Plan Nacional de Seguridad Ciudadana debilitó aún más la narrativa de firmeza. El documento, anunciado como eje estratégico, nunca fue publicado.
El contraste entre la retórica ofensiva y las cifras reales abrió un flanco crítico. La sensación de inseguridad persistía en las calles mientras el gobierno intentaba recomponer su imagen.
Las visitas nocturnas
Cuando la controversia por los empresarios chinos aún no se disipaba, un segundo destape sacudió el despacho presidencial. Un programa dominical reveló que un grupo de mujeres jóvenes había obtenido empleo en el Estado tras reunirse con el mandatario en su oficina hasta altas horas de la noche. En algunos casos, los registros marcaban su salida al día siguiente.
La Fiscalía abrió diligencias preliminares por 11 contrataciones sospechosas, aunque se habla de una cifra mayor, cercana a la veintena. Según el diario El Comercio, al menos 73 visitas oficiales a Palacio durante la gestión de Jerí concluyeron pasada la medianoche.
La acumulación de episodios configuró un escenario adverso. Las reuniones privadas, las contradicciones en sus explicaciones y los datos sobre contrataciones reforzaron la percepción de opacidad. El presidente que había prometido acción y transparencia enfrentaba cuestionamientos éticos y políticos en simultáneo.
El ascenso meteórico de José Jerí, impulsado por vacíos institucionales y decisiones parlamentarias, encontró así un abrupto descenso. En menos de un año pasó de ser una figura emergente con alta aprobación a un mandatario cercado por la desconfianza.
El martes 17 de enero, siete mociones de censura en su contra, como presidente del Congreso, fueron admitidas a trámite pese a la cerrada resistencia de Fernando Rospigliosi, primer vicepresidente del Legislativo y, a la sazón, presidente en funciones. Finalmente, las mociones se unificaron y con 75 votos quedaron aprobadas. Fuerza Popular votó en contra. Censurado de la presidencia del Congreso, José Jerí cayó de la presidencia del Perú.
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