La crisis de nuestra sociedad no solo es política: es una crisis de identidad, de autoestima, de valores, de carácter y, sobre todo, de salud moral. Pareciera que la inseguridad ciudadana está tomando el control de nuestro amado Perú, y lo más alarmante es que, entre los responsables, hay menores de edad. Esta situación exige fortalecer nuestras instituciones —entre ellas la familia y el sistema educativo— como un factor estratégico de prevención. La sociedad depende en gran medida de la formación moral del niño y del adolescente, así como de su educación en valores y del desarrollo de su pensamiento crítico. Esto les permitirá actuar con responsabilidad, discernir entre lo correcto y lo incorrecto, y resistir influencias negativas, en un contexto donde ocho de cada diez peruanos experimentamos estrés, ansiedad e insomnio.
Los últimos gobiernos implementaron diversas estrategias para vencer la inseguridad ciudadana. Las cárceles están sobrepobladas de delincuentes, al igual que los locales de los Centros Juveniles de Diagnóstico y Rehabilitación, donde aproximadamente el 95 % son varones y el 5 % son mujeres, con el agravante de que el crimen organizado está captando a niños y adolescentes con la promesa de dinero fácil. En la segunda mitad de la década de 1980, la inseguridad ciudadana comenzó a manifestarse, consolidándose después de la caída del terrorismo en la década de 1990; así surgió un nuevo problema: la delincuencia común y el debilitamiento de las instituciones encargadas del orden interno.
En el 2025, el Ejecutivo experimentó con el “Cuarto de Guerra” y los estados de emergencia, mientras que las autoridades regionales y municipales empezaron a adquirir recursos logísticos para apoyar a la Policía Nacional del Perú. A esto se sumaron propuestas como la salida del Pacto de San José, la contratación de psicólogos para las instituciones educativas, el retorno del servicio militar obligatorio, la construcción de un megapenal, la reapertura de El Frontón, la habilitación de cuarteles como centros de reclusión y la intervención de las Fuerzas Armadas. Es importante mencionar la dación de la Ley N.° 32330, del Sistema Nacional de Seguridad Ciudadana, que incorporaba a los menores de 16 y 17 años como sujetos imputables por delitos graves; sin embargo, el Tribunal Constitucional la declaró inconstitucional. Asimismo, se emitió la Ley N.° 32336, que penaliza a quienes captan a menores de edad.
La seguridad ciudadana es compleja y constituye una responsabilidad de todos. Debe intervenir en los factores estructurales que afectan a los menores y ser abordada desde un enfoque preventivo para que la estrategia sea más sólida y sostenible a largo plazo. Así como la educación y el fortalecimiento integral de los escolares se complementan con el desarrollo del pensamiento crítico y la empatía, la multiplicidad de factores que alimentan la inseguridad ciudadana obliga a tratarla desde la prevención con un enfoque multiinstitucional, evitando centrarse únicamente en la represión.
Estrategia fallida
A pesar de que las autoridades responsables atienden el delito a diario, la violencia y la delincuencia no han disminuido, lo que demuestra que algo está fallando en la estrategia y que esto debe ser materia de análisis y reflexión. La seguridad ciudadana no se logrará solo con el aumento del número de policías y más material logístico, pues estos componentes solo atacan los síntomas y no sus causas estructurales. Es necesario blindar a los menores de edad para hacerlos resistentes a las presiones del entorno, reduciendo la posibilidad de que caigan en redes peligrosas. En palabras sabias, los adolescentes, jóvenes y adultos que hoy son infractores de la ley, ayer fueron niños, por lo que es necesario prevenir para evitar que futuras generaciones equivoquen el camino.
Muchas son las instituciones nacionales e internacionales, civiles y religiosas, que han expresado los beneficios de la cultura física y artística en la formación integral. Por un lado, el Papa Pío II sostenía que la educación física y la educación espiritual deben ser complemento la una de la otra, la primera al servicio de la segunda y la segunda para la santificación de la primera. Por otro lado, San Juan Bosco, Padre y Maestro de la Juventud, afirmaba que no hay jóvenes malos, sino jóvenes que no saben que pueden ser buenos y a quienes alguien tiene que decírselo.
Rol de la escuela
Las instituciones estatales directamente vinculadas con la prevención por su cercanía a los menores son diversas: el Ministerio de Educación mediante las Gerencias Regionales de Educación, la UGEL y la comunidad educativa de los colegios; la Iglesia Católica a través de parroquias y grupos parroquiales; la Policía Nacional del Perú con comisarías, puestos policiales, juntas vecinales, clubes de menores y escuelas de la PNP; las universidades e institutos superiores con sus áreas de Educación Física y Arte; el Instituto Peruano del Deporte a través de sus federaciones, ligas y clubes; y los gobiernos locales y regionales mediante municipalidades, agencias municipales, Gobiernos Regionales y Prefecturas. Asimismo, podrían incorporarse en las mesas de trabajo profesionales en psicología, psiquiatría, sociología y antropología. Todas estas instituciones bien podrían promocionar, organizar o patrocinar actividades culturales, deportivas y artísticas, a fin de que los menores ocupen su tiempo libre en actividades edificantes.
El creciente aumento de la delincuencia y la criminalidad nos lleva a reflexionar seriamente y formularnos interrogantes fundamentales: qué valores estamos ejemplificando a los menores de edad, por qué las actuales leyes no son un freno contra la delincuencia y las bandas criminales, qué está fallando en las estrategias de la Comisión Nacional de Seguridad Ciudadana, por qué los estados de emergencia no logran controlar ni reducir la delincuencia, qué hacer para frenar el ingreso de organizaciones criminales transnacionales y desarticularlas, y cómo evitar que los menores de edad sean reclutados por las bandas.
Cuerpo y espíritu
La neurociencia y la neuroeducación nos enseñan que el cerebro de los menores posee una gran neuroplasticidad y es altamente moldeable, por lo que un entorno afectivo seguro y un buen acompañamiento fortalecen las conexiones entre la amígdala cerebral y la corteza prefrontal, la cual funciona como el centro de control del cerebro. Si a esta base biológica y afectiva le sumamos el pensamiento crítico, el deporte, el arte, la práctica de valores y las políticas públicas, habremos avanzado lo suficiente para vencer a la inseguridad ciudadana. Construyendo un buen tejido social desde edades tempranas lograremos reducir los índices de criminalidad y crear una sociedad pacífica como una estrategia sostenible a largo plazo.
La cultura física y la artística son excelentes instrumentos para acercarse a los menores de edad y fortalecer su formación integral y pensamiento crítico, lo que les permitirá deducir con claridad que los problemas que enfrenten deben analizarse y reflexionarse. Esta habilidad se inicia en el hogar y el colegio la fortalece. Los avances en neuroeducación demuestran que el deporte y el arte ofrecen una red de protección integral a los menores de edad, ayudándolos a prevenir conductas de riesgo, alejándolos de entornos vulnerables, brindándoles un sentido de pertenencia y propósito, enriqueciendo su espíritu, fortaleciendo su identidad y actuando como herramientas de transformación para una sociedad más justa, empática, cohesionada y de sana convivencia.
Para lograr la formación de personas íntegras, con alta autoestima, empáticas, creativas, resilientes y capaces de transformar su entorno con base en la ética y el Evangelio, es necesario recuperar y facilitar el uso de los espacios públicos para la organización de actividades deportivas y artísticas.
El hogar y el colegio son los primeros educadores y los primeros filtros de las conductas de los menores de edad; refuerzan mutuamente su labor y constituyen el cimiento moral y emocional del futuro ciudadano. En estos entornos debe prestarse especial atención a fortalecer el tejido social, el desarrollo de la comunicación asertiva, la inteligencia emocional, el pensamiento crítico, las buenas relaciones humanas y el fomento de la empatía entre padres e hijos, así como entre profesores y alumnos.
Las reuniones de las APAFA y las Escuelas de Padres también son espacios de educación y formación para la comunidad educativa. En ellas, la capacitación de los docentes en psicopedagogía debe ser permanente, con el fin de proporcionar a los padres de familia las herramientas necesarias para que formen de mejor manera a sus hijos.
El ser humano posee una habilidad cerebral muy importante: el pensamiento crítico. Sin embargo, en ocasiones el sistema educativo no le otorga la relevancia debida. El pensamiento crítico es un gran aliado contra la inseguridad ciudadana porque aleja a los menores de la violencia desde la prevención. Esta habilidad les permite analizar situaciones de riesgo y evitar ser manipulados, al tiempo que fortalece su autoestima y su salud física, mental, espiritual, social y emocional.
En conclusión, la mejora de la sociedad depende del hogar y del colegio. En la medida en que los escolares logren una formación integral, educándose en valores y desarrollando su pensamiento crítico, podrán actuar con responsabilidad, discernir entre lo correcto y lo incorrecto, y resistir influencias negativas. Así tendremos personas con principios éticos y capacidad para cuestionar críticamente su entorno, lo que contribuirá a construir una sociedad más justa, responsable y solidaria, además de fortalecer el sistema educativo, la inmunidad moral de los menores y la cultura de nuestro pueblo.
(*) Educador.
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