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PERÚ: El quinquenio de la esperanza

Escrito Rosa Amelia Chambergo Montejo
Edición N° 1459

Hay momentos en la historia de los pueblos en los que no basta con cambiar de gobierno. Hay que cambiar de actitud, de prioridades y de rumbo. El Perú llega a este nuevo 28 de julio con esa enorme responsabilidad. No es una fecha cualquiera. Se inicia un nuevo quinquenio de gobierno y, al mismo tiempo, se abre una nueva página en la historia republicana de un país que, después de 205 años de vida independiente, sigue buscando el camino definitivo hacia el desarrollo.

Treinta y tres millones de peruanos depositan hoy sus esperanzas en una nueva administración. No esperan milagros. Esperan resultados. Esperan recuperar la tranquilidad para caminar por las calles sin miedo, encontrar un Estado que responda con eficiencia y honestidad, acceder a servicios públicos de calidad y ver que los recursos nacionales dejan de alimentar redes de corrupción para convertirse en obras, empleo y oportunidades.

Durante demasiado tiempo el Perú ha vivido atrapado en un círculo vicioso de enfrentamientos políticos, gobiernos débiles, promesas incumplidas y escándalos que han erosionado la confianza ciudadana. Mientras el debate político se concentraba en disputas de poder, millones de peruanos seguían esperando agua potable, carreteras, hospitales, escuelas dignas, seguridad y oportunidades para salir adelante.

La política no puede seguir siendo un escenario donde unos buscan destruir a otros mientras el país permanece inmóvil. El verdadero adversario del Perú no está en el Congreso, en Palacio de Gobierno ni en las redes sociales. Nuestros verdaderos enemigos tienen nombre propio: corrupción, delincuencia, narcotráfico, pobreza, informalidad, burocracia, desigualdad y falta de oportunidades.

El nuevo gobierno tiene la obligación de enfrentarlos con decisión y sin excusas. El país necesita una reforma profunda del Estado que elimine privilegios, reduzca la excesiva burocracia y convierta al aparato público en un verdadero promotor del desarrollo. Los emprendedores, pequeños empresarios, agricultores, industriales y comerciantes necesitan reglas claras, estabilidad jurídica y un sistema tributario que incentive el crecimiento en lugar de castigar el esfuerzo. Quien invierte, produce y genera empleo merece el respaldo del Estado, porque allí nace la verdadera riqueza de las naciones.

Pero el desafío más importante quizá no sea económico. Es moral.

El Perú necesita reconstruir la confianza entre los propios peruanos. En los últimos años la confrontación política ha dividido familias, regiones e instituciones. Se ha instalado la peligrosa idea de que quien piensa diferente es un enemigo. Esa lógica solo conduce al estancamiento. Ninguna democracia prospera cuando el odio reemplaza al diálogo y la descalificación sustituye a las propuestas.

Las Fiestas Patrias nos recuerdan precisamente lo contrario. Hace 205 años hombres y mujeres de distintas procedencias, culturas e ideales comprendieron que existía un objetivo superior: construir una nación libre y soberana. Muchos entregaron su vida para que hoy podamos decidir nuestro propio destino. Honrar su memoria exige mucho más que desfilar con la bandera o entonar el Himno Nacional. Significa asumir el compromiso de servir al Perú con honestidad, respeto y responsabilidad.

Nuestra historia demuestra que somos un pueblo extraordinariamente resistente. Sobrevivimos al terrorismo que intentó destruir la democracia. Enfrentamos una pandemia que dejó profundas heridas humanas y económicas. Hemos soportado crisis políticas permanentes, fenómenos naturales devastadores y recesiones económicas. Sin embargo, el Perú nunca dejó de producir, exportar, emprender y levantarse. Esa fortaleza no nació del Estado. Nació del esfuerzo silencioso de millones de ciudadanos que jamás dejaron de creer en su país.

Y existen razones suficientes para mantener esa esperanza.

El Perú posee una de las mayores riquezas minerales del planeta, una agricultura que conquista mercados internacionales, una biodiversidad excepcional, una Amazonía de enorme valor estratégico, un patrimonio arqueológico admirado por el mundo, una gastronomía convertida en símbolo universal y un potencial turístico que pocos países pueden igualar. Pero nuestro principal recurso no está bajo la tierra ni en nuestros paisajes. Es el talento de nuestra gente.

Con instituciones fuertes, seguridad jurídica, educación de calidad, inversión responsable y una verdadera lucha contra la corrupción, el Perú podría convertirse en una de las economías más sólidas y competitivas de América Latina. No es un sueño imposible. Es una meta perfectamente alcanzable si existe voluntad política y compromiso ciudadano.

Este nuevo quinquenio representa, quizá, una de las últimas grandes oportunidades para reconciliar al país consigo mismo. Gobernar no debe significar imponer, sino unir; no dividir, sino convocar; no administrar crisis, sino construir futuro. Los gobernantes tienen el deber de escuchar a todas las regiones, respetar las instituciones y entender que el poder solo tiene sentido cuando mejora la vida de la población.

Pero tampoco toda la responsabilidad recae sobre quienes gobiernan. La construcción del país empieza en cada hogar, en cada aula, en cada empresa y en cada comunidad. Empieza cuando rechazamos la corrupción, respetamos la ley, pagamos nuestros impuestos, educamos con valores, cuidamos los bienes públicos y entendemos que el Perú es una tarea colectiva.

Desde Expresión, en estas Fiestas Patrias renovamos nuestra fe en el Perú. Creemos en su gente trabajadora, en sus jóvenes, en sus emprendedores, en sus agricultores, en sus profesionales y en todos aquellos que cada día hacen patria sin esperar reconocimiento.

Que este 28 de julio marque el inicio de una nueva etapa. Que el patriotismo deje de ser un sentimiento de un solo día y se convierta en una forma permanente de actuar. Que la honestidad vuelva a ser un valor irrenunciable en la función pública. Que la unidad nacional prevalezca sobre los intereses particulares. Y que dentro de cinco años podamos mirar atrás con la satisfacción de haber iniciado, por fin, la transformación que el Perú lleva décadas esperando.

Porque el verdadero bicentenario no será el que marquen los calendarios. Será aquel en que logremos derrotar la corrupción, vencer la pobreza, garantizar la seguridad de nuestros ciudadanos y demostrar que el Perú puede convertirse, por mérito propio, en una de las naciones más prósperas, justas y admiradas de Sudamérica.

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Licenciada en Ciencias de Comunicación

Editora / Editora fundadora.

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