Apropósito de lo ocurrido entre el diputado Javier Castro Cruz y el gobernador regional Jorge Pérez Flores, quien ha sido firme con la posición en defender su fuero, me referiré a lo que significa la carretera Chiclayo-Pomalca para Lambayeque.
La construcción de la autopista representa mucho más que la ejecución de una nueva vía. Para Lambayeque, una región que enfrenta desde hace años problemas de congestión, crecimiento urbano desordenado y limitaciones en su infraestructura vial, esta obra puede convertirse en una pieza clave para mejorar la movilidad y fortalecer su desarrollo económico.
Con una inversión superior a los S/70 millones y una extensión de 5.50 kilómetros de doble calzada, el proyecto plantea una transformación importante del corredor que conecta Chiclayo con Pomalca y otros distritos de la zona azucarera. Cuatro carriles, iluminación LED, semaforización inteligente, veredas, áreas verdes y señalización moderna configuran una infraestructura que, en el papel, responde a las necesidades de una ciudad que continúa expandiéndose.
Pero una autopista no debe medirse únicamente por sus kilómetros construidos. Su verdadero valor estará en cuánto tiempo logra ahorrar a los ciudadanos, cuánto mejora la seguridad de peatones y conductores y cuánto contribuye a hacer más eficiente el transporte de productos y servicios.
Ese es precisamente el principal desafío. La nueva vía tiene el potencial de convertirse en un corredor estratégico para el comercio, la agroindustria y el transporte regional. Una conexión más eficiente puede reducir costos logísticos, facilitar el desplazamiento de trabajadores y mercancías y hacer más atractiva a la región para nuevas inversiones. En otras palabras, una obra vial bien ejecutada puede terminar siendo también una obra de desarrollo económico.
Existe además un elemento que merece especial atención: se trata de la primera gran obra ejecutada por el Gobierno Regional de Lambayeque mediante el mecanismo de Obras por Impuestos. La experiencia puede marcar un antes y un después en la capacidad de la región para sacar adelante infraestructura pública utilizando mecanismos alternativos de financiamiento.
Sin embargo, la innovación en el modelo de financiamiento no debe hacer olvidar lo fundamental: transparencia, calidad y cumplimiento de los plazos. Una inversión pública solo puede considerarse exitosa cuando la infraestructura entregada funciona adecuadamente y responde a las necesidades para las que fue concebida.
La culminación prevista para marzo de 2027 será, por ello, un momento importante para Lambayeque. No bastará con inaugurar una carretera moderna. Será necesario comprobar que la vía cumple con los estándares previstos, que las soluciones de tránsito funcionan, que la seguridad vial ha mejorado y que los beneficios alcanzan efectivamente a la población.
La autopista Chiclayo–Pomalca puede ser una señal positiva de que Lambayeque empieza a mirar su infraestructura con una perspectiva metropolitana y de largo plazo. Pero una carretera por sí sola no resuelve los problemas de movilidad de una región. Debe formar parte de una planificación urbana integral que considere transporte público, expansión territorial, seguridad vial y conexión con otras vías estratégicas.
La obra tiene, entonces, una oportunidad que va más allá del concreto y el asfalto. Puede convertirse en un símbolo de una nueva etapa para Lambayeque: una en la que la infraestructura deje de ser vista solamente como gasto público y pase a entenderse como una herramienta para generar competitividad, ordenar el crecimiento y mejorar la calidad de vida.
El reto ahora es que la promesa de la autopista llegue completa hasta el ciudadano. Porque el verdadero éxito de esta obra no se medirá el día de su inauguración, sino durante los años en que miles de lambayecanos puedan desplazarse de manera más rápida, segura y eficiente.
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