El 22 de abril de 1914, a las 05:45 a. m., el hogar de don José María Quiñones Arízola y doña María Juana Rosa Gonzales Orrego, ubicado en el puerto de Pimentel, vio nacer a su tercer hijo: José Abelardo Quiñones Gonzales. Los primeros años del futuro héroe transcurrieron en la tranquilidad de la parcela agrícola “El Palmo”, un entorno donde el afecto de su familia y una sólida disciplina sentaron las bases de su carácter. Desde muy pequeño, Quiñones se distinguió por una profunda sensibilidad y una fascinación innata por el firmamento; pasaba largas horas contemplando el vuelo de las aves costeñas, un pasatiempo que alimentaba su espíritu soñador y que, sin saberlo, anticipaba la inquebrantable vocación y los firmes valores que lo llevarían a conquistar el cielo.
Su educación primaria la cursó en el colegio Juana Alarco de Dammert y luego en el Colegio Nacional San José de Chiclayo. Ahí, bajo la dirección del alemán Karl Weiss Schereiber, fue iniciado en el vuelo con planeadores —una experiencia que definió su vocación aeronáutica. En 1928 su familia se traslada a Lima para brindarle una mejor educación. Allí concluye sus estudios secundarios en el Colegio Guadalupe en 1933, destacándose por su disciplina, rendimiento académico, su interés por deporte, dibujo e historia del Perú.
En 1935 vence la resistencia de su padre para ingresar a la Escuela Central de Aviación “Jorge Chávez” (actual FAP), incorporándose como cadete a la promoción “Comandante José Lucas Raguz” el 5 de febrero de ese año. Allí se formó entre marchas, aulas y motores; en su vuelo solo en un Morane Saulnier?MS?316, realizado tras apenas 4?h?40?min de instrucción asistida, evidenció su habilidad excepcional, lo que le valió el reconocimiento del “Ala de Oro” de su promoción. En la escuela, Quiñones se destacó especialmente en el pilotaje, ganándose la admiración de sus compañeros e instructores por su destreza. También sobresalió en todos los deportes y tenía un fuerte sentido de camaradería y espíritu de cuerpo.
Se graduó el 21 de enero de 1939 como alférez, tras acumular 307?h?34?min de vuelo y destacarse por un vuelo invertido bajo su mando el día de su graduación, casi a un metro del suelo, asombrando a todos los espectadores. Mediante una Resolución Suprema del 9 de enero de 1939, recibió su despacho de Alférez de Aeronáutica. Quiñones recibió su brevete de piloto militar, su diploma, una pulsera de oro por haber obtenido la más alta nota en su instrucción como piloto de caza y su espada de mando.
En su primer año de alférez fue destacado al Escuadrón N° 4, ubicado en la Base Aérea de Hidroaviones de Ancón, cuatro meses después es nombrado a la Escuela de Oficiales de Aeronáutica de Las Palmas. El 10 de julio de 1939 fue nombrado al Grupo Aéreo N° 1 en la Base Aérea “Teniente Coronel Pedro Ruiz Gallo” con sede en Chiclayo. El Grupo Aéreo N° 1 era una unidad de élite al mando del comandante César Álvarez, y fue seleccionado para integrar el XXI Escuadrón y 41° Escuadrilla de Cazadores, volando los aviones NA-50 “Torito”.
Esta poderosa máquina voladora lo ayudaría a escribir su pasaje en nuestra historia. Se trataba de un avión que, en su momento, representaba uno de los más desarrollados avances en cuanto a tecnología para la guerra en el aire. Tenía un alcance de 1.038 km, podía volar a una altitud máxima de unos 9.200 m, y alcanzar una velocidad máxima de 450 km/h; su capacidad le permitía transportar dos ametralladoras M1919 de 7,62 mm y hasta 180 kg de bombas en racks.
Además, participó en la recién formada Compañía de Paracaidistas, calificándose como paracaidista militar y destacando en ejercicios en Chiclayo.
Quiñones publicó en 1939 el artículo “Caza en alerta” donde estableció los patrones personales que definen el perfil del piloto cazador en la defensa de una base aérea, así como la reacción que debe tener el piloto de caza con su inmediatez y profesionalismo, ante un ataque inminente.
El escenario de la guerra
En julio de 1941, durante el conflicto entre Perú y Ecuador —también llamado Guerra del 41 o Campaña del Norte— Quiñones, ya ascendido a teniente, solicitó voluntariamente su despliegue en el Teatro de Operaciones del Norte en una carta al jefe militar, jefe del Estado Mayor Manuel Odría, quien luego sería presidente, proponiendo la utilización del NA?50 como avión idóneo para misiones de ataque aéreo. Las tropas ecuatorianas invadieron las líneas divisorias del Río Zarumilla, capturando la isla Noblecillas, Matapalos y otras zonas al norte del Perú. En respuesta, las fuerzas armadas del Agrupamiento Norte se prepararon para repeler el ataque.
La noche del 22 de julio se reinició el ataque ecuatoriano contra el puesto peruano Lechugal y sobre la zona de Aguas Verdes y Huaquillas en Pocitos, el comando del Agrupamiento Norte decidió pasar a la ofensiva el 23 de julio de 1941. Ese día, a las 7:50 horas, la escuadrilla 41 perteneciente al XX Escuadrón de Caza despegó del campo de Tumbes para dar cumplimiento a lo dispuesto: atacar un puesto militar ecuatoriano en Quebrada Seca, artillado y defendido con fuego antiaéreo intenso, volando a 2000 metros de altura.
Como guía tenía el mando el teniente Antonio Alberti, siendo acompañado por el teniente Fernando Paraud en el ala derecha, por el teniente José Quiñones, en el ala izquierda, y cerrando rombo el alférez Manuel Rivera. A las ocho de la mañana, se encontraron sobre el objetivo e iniciaron el ataque. Quiñones divisó las baterías enemigas y, decidido, comenzó el descenso para lanzar sus bombas. Fue en ese momento, a 300 metros del objetivo, que una ráfaga de fuego enemigo alcanzó su avión, dañando sus partes vitales. Habiendo soltado las bombas y con el avión envuelto en llamas, el teniente Quiñones, en lugar de utilizar su paracaídas, en el cual era experto, realizó un viraje cerrado hacia la batería enemiga y se estrelló contra ella, destruyéndola totalmente.
A los 27 años, en la plenitud de su juventud y cuando su vida era una promesa y esperanza, Quiñones ofrendó su vida con decisión, coraje y valor. Con plena conciencia de sus actos y de acuerdo con su perfil psicológico, mostró una férrea voluntad, determinación y actitud de valor al inmolarse al conducir su aeronave contra el objetivo enemigo, priorizando el cumplimiento de la misión.
Los militares ecuatorianos reconocieron el sacrificio. El 19 de octubre de 1941, el coronel Octavio Ochoa, jefe de la IV Zona Militar ecuatoriana, entregó sus restos mortales al Perú y declaró: “Entrego a la Fuerza Aérea del Perú los restos de quien supo honrar a su patria... Mi pueblo rinde homenaje al pueblo peruano”.
El gobierno del Perú le otorgó el ascenso póstumo al grado de capitán de Aeronáutica por su muerte en acción de armas.
El legado institucional y nacional
El 19 de octubre de 1942, el gobierno del Ecuador entregó los restos mortales del héroe al cónsul peruano en Guayaquil para, posteriormente, sepultarlos en Chiclayo. En 1961 después de muchas gestiones en la parte política, el entonces senador de la República, coronel Francisco Secaba Viñeta -quien había conocido personalmente a José Quiñones, ya que fue su instructor durante la época de formación en la escuela- eleva dentro del pleno al Congreso un proyecto de ley. Así, el 10 de mayo de 1966 se promulgó la Ley 16126, mediante la cual se declaró al Capitán FAP José Quiñones Gonzales como Héroe Nacional. Además, se estableció que el 23 de julio de cada año se conmemore su gesta heroica como el Día Institucional de la Fuerza Aérea del Perú.
En 2007, por Ley N.º 29160 del 18 de diciembre, se le otorgó honoríficamente el grado de "Gran General del Aire del Perú". En abril de 2014, el Congreso denominó al espacio aéreo peruano como “El Cielo de Quiñones”, en homenaje al centenario de su nacimiento. En 1991 el Banco Central de Reserva del Perú incluyó su imagen en los billetes de S/10, como reconocimiento público a su sacrificio.
Sus restos descansan en un mausoleo en la Base Aérea Las Palmas, cuyos jardines albergan también el monumento al aviador Jorge Chávez. Esa base hoy lleva oficialmente su nombre y es el centro de ofrendas y honores institucionales cada 23 de julio.
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