La primera vez que llegué a Rusia fue para participar de un congreso formativo en periodismo y la industria generadora de contenido basada en las tecnologías de la comunicación. Aquello ocurrió en el 2024, en Kaliningrado. Desde luego que a mi retorno al Perú fueron publicados en Expresión varios informes sobre los temas tratados y entrevistas a los colegas extranjeros con los que compartí el aprendizaje. Esta vez, la historia es completamente distinta.
Empiezo rememorando la experiencia del 2024 porque, tras ella, quedó en mí el deseo de volver. Conocer una tierra tan lejana y diversa se convierte en un shock de emociones del cual uno nunca se recupera. Por el contrario, desea más; descubrir la cultura, el territorio, el idioma, la relación con la gente que tiene la particularidad de pertenecer a 190 pueblos o grupos étnicos.
La ruta a Moscú
Tan pronto recibí la confirmación de la beca de cobertura para participar del Festival Internacional de la Juventud 2026, me invadió la ansiedad por saber cuál sería la ruta para llegar a la capital de Rusia, desde donde debía emprender el recorrido a Ekaterimburgo, sede del encuentro.
En el 2024 partí vía aérea de Lima a Panamá y luego a Estambul, en Turquía, para después llegar a Moscú y luego viajar hasta Kaliningrado, región que no está dentro del territorio ruso que vemos en el mapamundi, sino en el extremo norte de Europa, frente al mar Báltico, rodeado por Polonia y Lituania. En total, viajé 36 horas.
Esta vez pensé que el recorrido sería el mismo, pero grande fue mi sorpresa al conocer que la ruta era de Lima a Sao Paulo, en Brasil y desde allí 18 horas de vuelo hasta Addis Abeba, capital de Etiopía, en el extremo oriental de África, desde donde partiría a Moscú. El viaje no estuvo libre de complicaciones. Cinco horas después de haber despegado de Sao Paulo, un pasajero se descompensó. La tripulación llamó a médicos entre los viajeros y, por suerte, dos acudieron en auxilio. Si uno de los viajeros de nacionalidad boliviana no hubiera llevado consigo insulina, el desenlace hubiera sido fatal.
Lo más enigmático de la travesía fue llegar a Etiopía y esperar cinco horas para el siguiente vuelo. Durante ese tiempo observé y escuché todo lo que pude: los idiomas de los pasajeros, las vestimentas, los momentos de oración de los viajeros musulmanes, los pausados gestos de los ciudadanos asiáticos,… las mercancías de las tiendas.
El aeropuerto de Addis Abeba, que data del 60, es el punto de conexión entre América y Asia, por lo que es paso obligado de quienes van y vienen de China e India, además de turistas que se desplazan entre África y Europa. Llamó mi atención la larga fila de viajeros con finos trajes de todos los colores y las mujeres cubiertas con hiyab, niqabs o burkas, cada una con un significado distinto según la cultura, la religión y la condición civil. Algunos oraban en el piso con dirección a la Meca y otros esperaban abordar el avión a Medina, ambas ciudades santas del islam.
Lo de los idiomas es algo difícil de resumir, porque las amplias salas de espera del terminal 2 del aeropuerto parecían la Torre de Babel. Pese a que intenté escuchar cada murmullo o grito, nada pude entender.
Ocho horas de vuelo después, llegué al imponente aeropuerto de Domodédovo, uno de los cuarto terminales internacionales que tiene Moscú, ubicado a 52 kilómetros del centro de la ciudad. Lo de imponente no es un cumplido, en realidad el aeropuerto es inmenso, pues su área equivale a 1800 estadios de fútbol.
Fue construido entre 1958 y 1960, pero tras una remodelación reciente se puede disfrutar de instalaciones cómodas y modernas, embellecido por una zona de tiendas decoradas con columnas dóricas y paredes de mármol, entre las cuales hay una pequeña capilla ortodoxa. Arribé a Moscú en la mañana del sábado 12 de septiembre.
Llegar a destino
Desde Etiopía ya no tenía cobertura de internet, aunque fue posible establecer comunicación gracias a una red inalámbrica gratuita. De mi conexión en territorio ruso no me preocupaba, porque había adquirido en el Perú una eSIM internacional, que debía activarse tan pronto esté en Moscú, lo cual nunca ocurrió.
Incomunicado, esa noche abordé rumbo a mi destino: Ekaterimburgo, la cuarta ciudad más importante de Rusia y considerada como la capital de los Urales, que es una cadena montañosa que se constituye en la frontera natural entre Europa y Asia. De hecho, se considera que Ekaterimburgo, ciudad de alto desarrollo industrial, es asiática, pero con cultura europea.
Fui recibido en su moderno aeropuerto la madrugada del domingo por los voluntarios del festival, todos vestidos con trajes anaranjados, color del voluntariado, quienes con energizante amabilidad me entregaron un atado de espigas de trigo, símbolo de la fertilidad de la región.
Fotos aquí y fotos allá, intentaba de la mejor manera pronunciar “?????? ????”, que suena como “dobroye utro” y significa buenos días. Desde luego, todos los voluntarios hablan inglés, pero a mí me enseñaron que la cordialidad con cordialidad se responde y considero que saludarlos en su idioma materno era una muestra de ello. Sonreían al escucharme, algunos con sorpresa, otros pensando – quizá - que lo decía mal. Como fuera, aprender a saludar y a agradecer en ruso me ha permitido cambiarle la expresión hasta al policía más serio y al taxista más renegón.
Ya en el aeropuerto conocí a mis primeros colegas y compañeros de aventura, venidos de todas partes del mundo. Somos 80 de igual número de países, sumados a los 120 de nacionalidad rusa (pertenecientes a las repúblicas y regiones que tiene la federación). También encontré a algunos buenos amigos de la experiencia del 2024. Traslado al hotel y recobrar energías.
Empieza la tarea
En el camino aprecié la excelente infraestructura vial de la ciudad. Pese a que llovía, no se formaban charcos. Ekaterimburgo no tiene el mejor sistema de drenaje pluvial del mundo, pero el que existe funciona y es operado por una empresa municipal.
Los periodistas extranjeros fuimos hospedados en el Hotel Congreso, un monumental edificio de 12 pisos ubicado no muy lejos del centro histórico, cuya construcción no es muy antigua, pero tiene trazos de arquitectura soviética. Los que sí son de aquella época son los edificios multifamiliares que rodean la zona, aunque muy bien conservados. También hay otros muy modernos.
Lo de la conexión siguió siendo un serio problema, pues aunque había internet inalámbrico de poco me servía. En territorio ruso no funcionan nuestras habituales aplicaciones de comunicación. WhatsApp, Telegram, Instagram, Facebook y X están bloqueadas. Una parte por las restricciones aplicadas contra Rusia por el contexto de la guerra y otra por cuestiones de seguridad nacional.
Siendo así, pasé angustiantes horas sin poder avisar a mis seres queridos que había llegado bien. La última comunicación había sido en Etiopía y la eSIM nunca funcionó.
Debidamente acreditado, fui trasladado al Centro Internacional de Exposiciones de Ekaterimburgo, a unos 40 minutos desde el hotel, por una ruta de carreteras perfectas y rodeada de bosques de pinos y otros árboles propios de los Urales. Estos ojos críticos intentaron buscar defectos en el equipamiento urbano, pero debo reconocer que fracasé. Al menos, a simple vista no hay nada que cuestionar a la ciudad.
Ya en el centro, todo fue más sorprendente. El complejo es brutal y las medidas de seguridad milimétricas. Dos mil voluntarios y los equipos organizadores manejaron todo con absoluta coordinación. He llegado a pensar que tendrían que pasar años de entrenamiento para que en alguna región del Perú se pueda organizar algo parecido. El festival ha reunido a 10 mil participantes, a los que se les ha otorgado movilidad, hospedaje, alimentación y asistencia técnica, además de comunicación fluida en inglés y otros idiomas. Tuve la suerte de encontrar voluntarios que hablan español, entre ellos una voluntaria de 72 años. El mayor tenía 80, algo maravilloso.
De inmediato a conocer el espacio, que tiene un área total de 150 mil m2, distribuidos en cuatro pabellones de exposiciones de 50 mil m2, una sala de congresos de 41 mil m2 y espacios para exposiciones al aire libre en 60 mil m2. ¡Una locura! Anexo al centro está el residentado de la Universidad Federal de los Urales, verdadera joya de la arquitectura educativa, con torres de hasta 12 pisos con departamentos para estudiantes, plazas, campos deportivos, un estadio y un Palacio de Deportes Acuáticos de 60 mil m2. Nunca vi algo igual.
La conexión a internet con el respectivo atajo para las aplicaciones necesarias fue posible gracias a un diligente equipo técnico que se encargó de asistir a todos los participantes extranjeros del festival, que suman 5 mil en total, procedentes de 190 países. Los otros 5 mil llegaron de todos los rincones de Rusia.
La diferencia respecto a mi primera experiencia en Rusia, es que en esta ocasión era pertinente reportar en tiempo real, aunque con una diferencia de 10 horas respecto al Perú, algunos de los acontecimientos del festival, como la majestuosa inauguración, el desfile de delegaciones o las exposiciones de cultura, arte, ciencias y tecnologías, cuyo registro están en las redes de Expresión. Mucha voluntad, algo de astucia y el mejor deseo de aprender permitieron sortear algunas barreras del idioma, el cambio horario y los protocolos establecidos.
Los periodistas gozamos de instalaciones propias, entre ellas un comedor permanente, en el Media Center implementado en un edificio del complejo. Si algo debo destacar es la absoluta libertad con la que nos dejaron realizar nuestra labor, cumpliendo – eso sí – las indicaciones de seguridad.
Me siento afortunado por esta experiencia y agradezco todo el apoyo y las facilidades dadas por mi familia de Expresión para ausentarme estos días de la labor presencial. Desde luego, la mayor gratitud a mis anfitriones.
(*) Periodista.