En Lambayeque, tierra de tradiciones ancestrales y devoción religiosa, se ha encendido una chispa que merece destacarse: el pacto entre la empresa privada, el Estado y la Iglesia Católica para restaurar capillas y templos que forman parte de la Ruta Turística “Caminos del Papa León XIV”. La noticia, más allá de su carácter administrativo, encierra un profundo significado social, cultural y espiritual. No se trata solo de paredes que serán pintadas o techos reparados: es la puesta en valor de la memoria colectiva y la reafirmación de que el patrimonio religioso puede y debe ser un motor de desarrollo para las comunidades.
La propuesta anunciada por el Grupo AJE, que ha presentado una carta de intención al Gobierno Regional de Lambayeque para invertir alrededor de siete millones de soles en la restauración de la emblemática capilla La Verónica de Chiclayo, a través del mecanismo de Obras por Impuestos, constituye un hito. No solo por el monto, sino por lo que representa: confianza en la región, compromiso con la gente y apuesta por un modelo de responsabilidad social que se traduce en hechos concretos. La capilla La Verónica no es un recinto cualquiera; es un ícono de la religiosidad local y una pieza fundamental de la ruta espiritual vinculada a la figura de León XIV y a la memoria de Santo Toribio de Mogrovejo, patrono del episcopado latinoamericano.
Pero AJE no está sola. Otras empresas también han respondido al llamado. Latam Airlines asumirá la renovación del techo de la iglesia San Pablo de Pacora; Costagas, con la donación de materiales, permitirá el mantenimiento de la parroquia Santa María Magdalena de Eten; mientras que compañías como San Roque, Grupo San Lorenzo y Casagrande suman esfuerzos adicionales para señalización, conservación y mantenimiento de conventos y parroquias. Lo que vemos es la articulación de múltiples actores bajo una misma convicción: que el patrimonio religioso es un bien común y su preservación es una tarea colectiva.
Este compromiso empresarial tiene un trasfondo que merece destacarse. La ministra de Comercio Exterior y Turismo, Desilú León, en la ceremonia oficial de anuncio, fue clara: no importa tanto el monto de la inversión como el espíritu que la anima. Las empresas que se han sumado no solo entregan recursos: demuestran fe en su gente, confianza en las instituciones y visión de futuro. El millón de soles reunido hasta ahora en donaciones y compromisos puede parecer modesto frente a las necesidades estructurales de la región; sin embargo, es el inicio de un círculo virtuoso en el que cada aporte, pequeño o grande, suma al rescate de nuestra identidad.
La restauración de capillas y templos no es un tema meramente religioso. Es, también, un asunto cultural, turístico y económico. La Ruta del Papa León XIV, concebida como un corredor espiritual y patrimonial, puede convertirse en una vitrina internacional para Lambayeque. Miles de peregrinos y turistas ya comienzan a mostrar interés en recorrer los caminos que conducen a Zaña, Íllimo, Pacora, Ciudad Eten y Chiclayo. Este flujo, bien gestionado, tiene el potencial de dinamizar economías locales, generar empleo, impulsar la artesanía, la gastronomía, la hotelería, y, sobre todo, consolidar la imagen de Lambayeque como destino de turismo religioso y cultural.
No obstante, el éxito de esta ruta dependerá de que el esfuerzo inicial se sostenga en el tiempo. Como advirtió el gobernador Jorge Pérez, la Ruta del Papa debe ser vista no solo como un proyecto de restauración de templos, sino como una oportunidad para atender otras urgencias que la ciudad arrastra desde hace décadas, como la renovación del alcantarillado de Chiclayo, que data de medio siglo atrás. La fe y la inversión pueden convertirse en palanca de cambio integral si se las vincula con una visión de desarrollo urbano, social y ambiental.
La restauración de la capilla La Verónica, anhelada por el recordado obispo Robert Prevost (hoy su santidad León XIV), simboliza la continuidad de un sueño inconcluso: devolver a Chiclayo y a Lambayeque un patrimonio digno, cuidado y abierto al mundo. Este no es solo un gesto de conservación, sino también un acto de justicia con la memoria histórica de la región y con las generaciones que heredarán estos espacios.
El reto, sin embargo, es enorme. Restaurar implica no solo inyectar recursos económicos, sino también garantizar sostenibilidad. ¿De qué serviría restaurar una capilla si no se asegura su mantenimiento continuo? ¿Qué sentido tendría atraer peregrinos si los caminos que conducen a los templos permanecen deteriorados? ¿Cómo sostener un circuito turístico si la seguridad ciudadana o la limpieza urbana no acompañan? Son preguntas que deben estar en la agenda tanto del Estado como de las empresas privadas y las municipalidades distritales que forman parte de esta ruta.
Desde Mi Expresión celebro la alianza entre iglesia, empresa y Estado, pero también planteo un llamado a la responsabilidad: el patrimonio cultural y religioso no puede ser tratado como moneda de coyuntura política ni como un mero escaparate de filantropía empresarial. Debe ser concebido como política pública de largo aliento, articulada con la participación de la comunidad. Solo así, la Ruta del Papa dejará de ser un proyecto en papel para convertirse en un circuito vivo, sostenido y sostenible.
En Lambayeque se está escribiendo una historia distinta. No es frecuente ver que la Iglesia, el Gobierno y la empresa privada caminen de la mano. Esa suma de esfuerzos –calificada por la ministra León como “acto de fe y responsabilidad social”– nos recuerda que es posible soñar y construir juntos. La clave será no detenerse en el entusiasmo inicial, sino perseverar, planificar y garantizar continuidad.
Porque el patrimonio, como la fe, no admite abandono. Y porque cuando las capillas dejan de ser ruinas y vuelven a ser templos vivos, toda una comunidad recupera no solo sus paredes, sino también su dignidad y su esperanza. Lambayeque lo merece, el Perú lo necesita, y el mundo lo agradecerá.
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Editora / Directora fundadora.